Viernes, 28 de mayo de 2010 • 14:39h.
de twitter a facebook
A mi,  Twitter , me relaja
// no como otras prácticas, claro //
y por eso, de vez en cuando
// cuando salgo a fumar, miro por la ventana o me vuelvo autista //
pienso y sintetizo estupideces para lanzarlas al time line
// ristra enfermiza e inagotable de tuits de usuarios a los que cada uno sigue //

Me gusta  dar clases  de recuperación en matemáticas a cuentagotas estropeados, creer que  soy capaz  de escribir un guión de una serie llamada "Huérfanos"
// con un final apoteósico donde se descubre que los padres de los niños están muertos //
anunciar que  olvido mis gafas  en casa y soy incapaz de ver un pijo o  dar un repaso al inglés  conjugando el verbo "have"
// jugar con las palabras es gratis y siempre las tienes todas a mano //

El  11 de mayo  solté:
«No hay más fan de "Lost" que yo. Me los he perdido todos, desde que empezó»

// por soltar, sin pensar demasiado //
esperando simplemente que se entendiera la ironía
// esa que casi siempre solo entiendo yo... y así, sale luego //
y un doble sentido jugando con el título de la serie: perdidos
// cómo me sirve el inglés que no sé, a veces //

En realidad, no me he perdido ningún capítulo
// soy fan de la serie, os cuento el final? //
pero para homenajear a una serie llamada "Perdidos" no hay que verse los capítulos, hay que perderse en ellos
// pero ya sé, no quedó claro... justo lo contrario //

El tuit
// me gusta más que twit //
rodó y deambuló por todo Twitter, salió al exterior y alguien lo seleccionó
// unos cuatro días después //
lo copió y se inventó  el grupo en Facebook 
// red social que detesto pero que "utilizo" en el significado más peyorativo de la palabra //
con el mismo lema que cuenta, en estos momentos, con más de 64.000 miembros adheridos
// lo hago adrede y no me sale //

Me indignó  la copia  sin mención a quién había ideado la frase
// el tuit, era un tuit //
porque era exacta, ni un leve cambio o supresión en la coma
// para que uno coja aire en otro punto //
pero conseguí
// una rabieta pueril, me da igual //
que la creadora y administradora del grupo
// la cual felicito, después de todo, por su visión en los negocios //
admitiera la autoría lo cual agradezco sinceramente
// y ahí estoy, como miembro de honor en un grupo del cual no profeso su religión //

El plagio
// el robo descarado //
nunca va acompañado de la mención
// sería de tontos confesarlo //
pero el plagio puede pasar a inspiración cuando se reconoce la autoria
// lo cual es de agradecer siendo menos tenso para ambas partes //
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Lunes, 22 de marzo de 2010 • 21:17h.
desatascando
[1]
Empecé a escribir algo
// quería que fuera breve //
pero se amontonaban las palabras en frases sin sentido
// la gramática, la sintaxis, el significado... todo era un puto embudo //
así que opté por dejarlo, más que breve, corto
// acabando en la papelera de las cosas que no se reciclan //

[2]
Empecé a escribir algo
// quería que fuera breve, directo //
pero las palabras no se ordenaban en las frases como deseaba
// parecía un puto cubo de rubik en el que no coincide ni un solo color //
así que decidí por abandonar, demasiado complicado
// de tantas vueltas al cubo se suavizaron las aristas //

[3]
Empecé a escribir algo
// deseaba expresar y vomitar //
pero las teclas se revelaron: ninguna decía lo que esperaba de ellas
// el teclado es el frío intermediario entre el corazón y la mente //
así que arranqué de cuajo el teclado y quemé el ordenador
// ardiendo rápidamente en una combustión lenta //

[4]
Empecé a escribir algo
// breve, y que sea lo último //
pero como el resultado se dejaba tanto desear
// no solo parecía raíz, además parecía cuadrada //
decidí no tirar nada y guardarlo
// esos documentos que nunca más vuelves a abrir //

[5]
Empecé a escribir algo
// esperaba que fuera breve //
y acabé recopilando
// lo peor //

[6]
Empecé a escribir algo
// breve //
y tecleé: «esta nota es una mierda»
// y ya me sentí mejor //
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Miércoles, 20 de enero de 2010 • 01:28h.
intentaciones (es solo sexo, 4)
Los dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. Intentábamos calmarnos, serenarnos. Las sábanas se pegaban a mi piel, sudaba como hacía tiempo que no lo conseguía. Ella intentaba acompasar su respiración para tranquilizarse al mismo tiempo que mantenía largo tiempo el humo dentro de sus pulmones. Cuando vio que yo sonreía, soltó la pregunta.

Habíamos llegado hasta la cama desnudándonos mútua y aceleradamente dejando piezas de ropa por toda la casa confeccionando un camino de migas perfectamente rastreable. Rastreable por quien quisiera hacerlo, por supuesto. Desnudos al llegar al pie de la cama, ella me empujó sin medir en absoluto su fuerza haciéndome caer como un saco encima del colchón. «¿Esa fuerza, —me pregunté— es fruto de su mala leche?». Se me lanzó encima e intentó convertirme en un pura sangre pero en cuestión de segundos me había convertido en un percherón.
—Para, para... —susurré para, de repente, elevar la voz—. Para, por favor!
Su cara, a escasos centímetros de la mía, dibujando sorpresa por unos instantes se acabó transformando perfectamente en disgusto como si hubiera sido procesada por el mejor de los programas en morfing. Como buena amazona, ejecutó los movimientos adecuados para acabar posando su culo encima de mis rodillas: del galope al trote y del trote al paso.
—Qué coño ocurre? —Preguntó, pero no contesté.
Esperé, mirándola fijamente, a que la pregunta se convirtiera en retórica. Y esperé. Y esperé. Y como vi que aquello iba a durar siglos antes de que la respuesta saliera a la luz, bajé los ojos. Ella siguió la trayectoria señalada de mi mirada hasta tropezar con mi entrepierna. «Bueno, —pensé—, no he ido a coger la expresión exacta dadas las circunstancias».
Descabalgó y se puso en pié sin dejar de mirar... la nada.
—Emmm... —balbuceé—. No sé qué me ha pasado.
—Te cuento lo que veo? —Y apuntilló—: O lo que no veo?
—No, por favor —rogué.
Un enano, vestido de arlequín de rombos rojos y blancos, empezó a correr de una punta a otra en la biblioteca de mi cerebro. Saltaba de estante en estante, tiraba de pesados libros repletos de excusas, leía el título de la cubierta y si no era el adecuado, lo lanzaba al suelo. Sin demora probaba suerte con el siguiente.
—Tienes alguna explicación? —Me apremió cuando aún, el enano arlequín no había dado con algo que aliviara la situación.
—Emmm... —volví a dudar.
Con todos los libros en el suelo, esparcidos, el arlequín me miró y con su gesto entendí «no hay nada, no hay excusa».
—Ese ruido es lo único que se te ocurre decirme? —Insistió.
—El wasabi me sentó mal? —Dije—. Sirve?
Soltó una ristra de tacos y salió de la habitación. Seguí su culo desnudo con la mirada hasta que desapareció al traspasar el marco de la puerta. Oí como recogía paso a paso las piezas de ropa, imaginé como las convertía en una bola bajo su brazo, hasta que la última la condujo delante de la salida. La abrió y la cerró de un portazo.

—Cierra con suavidad, joder!
Mi grito nos despertó. Yo sudaba y jadeaba. Ella jadeaba bastante más, se había pegado un susto de muerte.
—Qué puto susto me has dado! —Articuló, no sin esfuerzo.
—Lo siento, —intenté calmarla—, me quedé dormido y he tenido una pesadilla.
Cogí el paquete de tabaco, tiré de dos cigarrillos y poniéndome uno entre los labios le ofrecí el otro. Lo encendí y le acerqué la llama para que hiciera lo propio con el suyo. A medio cigarro, nos habíamos calmado lo suficiente para mirar al techo, en silencio. Ella se movió, para cambiar levemente su postura, y la cama vibró. «Un día de estos —pensé— vamos a partir las cuatro patas a medio polvo». Sonreí y solté la bocanada de humo por la nariz. Ella me miró, apagó su inacabado cigarrillo en el cenicero que tenía posado en mi pecho y preguntó:
—¿Lo intentamos de nuevo... —hizo una pausa y remató—: ...a ver si esta vez puedes?
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Sábado, 31 de octubre de 2009 • 09:33h.
sexo, mentiras y cintas de video (es solo sexo, 3)
Los dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. De vez en cuando, yo miraba la punta de mi cigarro al rojo vivo. Ella, también de vez en cuando pero con más insistencia, miraba el suyo y desviaba la vista hacia el mío. Sabía por eso que estaba intranquila, sabía que quería decirme algo. «Intentas así llamar la atención de la gente que te rodea —pensé— y como aquí solo estoy yo y no te rodeo ni con los brazos...» Solté una risita por debajo de la nariz que intenté disimular antes de...
—En qué piensas?
...joder, antes de eso. Antes de que me preguntara de qué me reía. Pero ya lo había hecho, ya había abierto la boca para ponerme en un nuevo aprieto.
—De cómo pasa el tiempo.
—¿Ya estás otra vez con esas estupideces de tu edad?
—No, no —le replico— esta vez no.
La becaria se había medio incorporado en la cama al mismo tiempo que emitía la pregunta. El movimiento brusco hizo que toda la cama se tambaleara. La sábana le había dejado un pecho al descubierto y se lo miré de reojo. El tubo de ceniza de mi cigarrillo, casi tan largo como lo había sido minutos antes el cilindro de papel con el tabaco,
cayó en mi pecho quemándome la piel.
—Joder! —Espeté sacudiéndome la ceniza esparciéndola por toda la cama.
—Vas a quemarlo todo, —me riñó apagando su pitillo en el cenicero.
—Si no ha ardido el colchón con la fricción —me limité a comentar— podríamos considerar el camastro como ignífugo.
Ella hizo una mueca, la misma de siempre, la misma que me decía una y otra vez que mi sentido del humor no le hacía mucha gracia. La misma que me recordaba que no follábamos cada dos por tres porque me hiciera sentir el tipo más gracioso del mundo. Recuerdo que solo se puso a reír la primera vez que vio mi miembro flácido, arrugado, tímido, agotado...
—Sí, lo sé —le dije—. A veces he de disfrazarme de explorador para encontrármela si quiero mear.
Y al oír mi explicación ¿qué hizo? La mueca, efectivamente.

—Me vas a contar en qué pensabas? —Inquirió.
—Ah! Sí, ya lo había olvidado.
Arrugué la colilla en el cenicero de mi lado de la cama y me incorporé sentándome utilizando la almohada como respaldo contra la pared.
—Recordaba de cuando tuve un VHS, solo eso.
—Tuviste? Eso no se cura! —Dijo.
Sin mediar ni una palabra más, saltó de la cama rápidamente, recogió su ropa mostrándome el culo y salió desnuda de la habitación en dirección a la puerta de la calle de casa.
—Qué coño te ocurre ahora... —Dije con desidia aún desde la cama.
—Vete a la puta mierda! —Gritó desde la puerta de entrada... que mantenía abierta para que toda la comunidad fuera partícipe de la situación. Y finalizó elevando aún más la voz—: nunca me has explicado que tienes sida!
Supe que ya no iba a decir nada más y que tras ello saldría de mi casa dando un portazo.
—Cierra con suavidad, joder!
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Jueves, 10 de septiembre de 2009 • 21:52h.
es solo sexo (2)
Los dos mirábamos el techo en silencio. Fumábamos. Yo miraba las puntas de mis pies, allí donde tengo diez dedos. También observaba de reojo sus diez. «Tenemos en común diez cosas, lo nuestro puede funcionar» pensé. «Además —me añadí— tú llevas las uñas pintadas y eso quiere decir que pese a ser algo en común, lo ves desde otro punto de vista».
Expulsé la última bocanada de humo y apagué el cigarro en el cenicero que tenía apoyado en mi pecho desnudo. Suspiré. «Pero, sobre nuestra relación, piensas más tú que yo» finalicé así mis pensamientos.
—En qué piensas? —Dijo.
—En que un día de estos no acertaré en apagar el cigarro en el cenicero y me quemaré un pezón.
—Ah.
Apagó su cigarrillo acertando perfectamente en el centro del cenicero y lo aparté de mi cuerpo dejándolo en la mesita que tenía a mi lado. Volvió el silencio. Me di media vuelta con la intención de dormir, se había hecho muy tarde y en unas horas amanecería. «¿Servirán realmente los dedos de los pies para mantener el equilibrio?» me asaltó la duda. Ella salió de la cama, se puso en pie y dijo:
—No me gusta dormir desnuda...
—Mmmm... —murmuré.
—¿Te importa que duerma con camisón?
—Cómo!!! —Dije alzando la voz y sentándome en la cama—. ¿Pero qué coño te pasa?
Ella abrió los ojos como platos, sin decir nada. Si no fuera porque era consciente de que se había asustado por mi reacción habría cogido el teléfono rápidamente requiriendo la presencia de una ambulancia. Su expresión era extraña... la comisura de su labio se había caído como si acabara de tener un derrame cerebral.
—¿Piensas cobrarme por los polvos —proseguí perplejo, sin dar crédito. Y comisión, tampoco— y que añada una propina porque, tú, duermas conmigo?
Su boca, pese a estar torcida, seguía sellada. Sin emitir ni el más leve sonido, como si en la habitación se hubiera producido el vacío cósmico, arrugó toda su ropa con movimientos bruscos y poniéndola bajo el brazo salió de la habitación con paso firme y enérgico. Se alejó hasta la puerta de entrada de la casa, «los dedos de sus pies desnudos y de uñas pintadas —pensé— van de camino a la calle» y abriendo la puerta, gritó:
—Sordo de mierda!
En aquel instante fui yo el que atónitamente abrió los ojos como platos y me pregunté incrédulo «¿gordo de mierda, por un poco de barriga cervecera?».
—¡Coño con la becaria exigente! —Grité.
Oí como se vestía rápidamente, imaginé como su ropa rozaba su piel y salió de casa dando un portazo.
—Cierra con suavidad, joder!
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