Bankia,
la cara oculta



«Tot allò, ho he fet jo» solía recordar orgulloso de su trabajo cada vez que salía a conversación la sede central de Caixa Laietana, Bankia, en Mataró (Barcelona). Era un sencillo carpintero metálico que, en realidad, solo le había puesto las docenas de puertas y ventanas de aluminio pero en ese majestuosa sede, a simple vista, es lo que más destacaba. Allí, él y su mujer, depositaron todos los ahorros de sus vidas y confiados, también abrieron las primeras cuentas de sus hijos. ¿Por qué no? «Es la caja de mi ciudad —decía— y conozco a todo el mundo, desde el que vigila la entrada hasta al director general»


Peseta a peseta, euro a euro, acumularon lo que les había de dar una vida tranquila durante el resto de sus días. Confiaron en gente que maneja el sudor de los demás sin el menor de los escrúpulos parapetados tras gruesos cristales antibalas y cayeron sin darse cuenta en las redes de la estafa y el engaño.


De repente y sin el más mínimo aviso de aquellos en quienes confiaron durante tanto tiempo, todo se iba al traste. Aquello que acumularon, ya no existía, era de otros. Vivieron para trabajar para que algún día el trabajo les sirviera para vivir y ahora no quedaba nada excepto la impotencia de saberse robados a promesa armada.


Él, responsable de las decisiones que le empujaron a tomar, enfermó. Un cáncer de pulmón yacía latente esperando el preciso instante en que su cuerpo bajara las defensas para manifestarse. Como él, la enfermedad también estuvo ahorrando pero con un final bastante distinto. El cáncer, como el banquero, ya era dueño de su vida.


Pronto hará un año desde que le diagnosticaron la enfermedad y nunca ha dejado de manifestarse en la calle, semana tras semana, delante de la sucursal que un día ayudó a construir. En esos días de gritos, pitos y protestas decoraba sus amadas puertas y ventanas de aluminio con pegatinas reclamando lo que era suyo, lo que es de tanta gente que como él, también fueron estafados y engañados.


Hoy, ya no sale a pedir lo que le pertenece. No puede, no se mantiene en pie. Sus músculos ya no son capaces de aguantar sus famélicos 50 kilos de peso. Pasa sus últimos días en su casa, sentado, viendo las pocas noticias que los medios de comunicación dan, a su manera y ocultando sus propios intereses, sobre la estafa de las llamadas "preferentes". Habiendo perdido cualquier esperanza en seguir viviendo con normalidad, su ilusión es poder asistir al juicio que posiblemente le dé la razón, pero llora cada vez que se da cuenta de que no llegará a tiempo. Sabedor de que sus horas están contadas, se lamenta en dejar a la mujer con la que ha pasado toda su vida sin nada, a sus hijos sin poder seguir ayudándoles y, por encima de todo, detesta como el ser humano pierde toda la dignidad cuando padece un cáncer en estado tan avanzado. Quiere irse, pero tiene un asunto pendiente. Lamentablemente, está en un diagnosticado último mes de vida, tan poco tiempo como ahorros ha acabado teniendo: ninguno.


Él, es mi padre.

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